Miembros de la NEL-Medellín 1

La proposición lacaniana “un psicoanálisis […] es la cura que se espera de un psicoanalista”,2 anticipa lo que se ha constituido en una hipótesis básica del psicoanálisis: que lo que concierne a la formación del analista está a nivel de los efectos del análisis como su causa.

I.- El pase en el horizonte

Hasta el momento la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) ha verificado que el lugar por excelencia de demostración de la hipótesis en cuestión es el dispositivo del pase; sin embargo, dado que actualmente las Escuelas de la AMP están constituidas en su mayoría por analistas practicantes (AP) y analistas miembros de la Escuela (AME), los analistas de la Escuela (AE) conforman un reducido grupo que configura una excepción estableciendo una diferencia de grado.

La reflexión que actualmente se desarrolla en nuestra comunidad analítica conduce a pensar que la demostración de la hipótesis –lo que concierne a la formación del analista está a nivel de los efectos del análisis como su causa–, en tanto que es una hipótesis general del psicoanálisis, no debe permanecer solamente a cargo de quienes son la excepción, sino que también, tal como este Congreso lo propone, cada uno de los analistas de las distintas escuelas, tendrían que ver la necesidad de demostrarla como un efecto lógico de su proceso.

Una dimensión, hasta ahora inédita en consecuencia, se inaugura en este Congreso: confrontarnos con una obligación lógica de demostración por fuera del dispositivo del pase. Se puede considerar que, a partir de la experiencia del pase, la hipótesis: –lo que concierne a la formación del analista está a nivel de los efectos del análisis como su causa–, la demuestra quien la soporta.

Ahora bien, para alguien que no tiene la nominación de AE porque se ha autorizado de sí mismo a practicar el análisis, podemos preguntarnos: ¿qué vías posibles le quedan para demostrar ante una comunidad analítica la hipótesis del psicoanálisis ya referida? Una vía que hemos encontrado es la de discutir los efectos, en la práctica, del saber alcanzado sobre lo real en la propia experiencia analítica.

II.- Creencia versus convicción en el acto del analista

La transmisión del psicoanálisis es lo que se efectúa a través de un acto que, inscrito en la transferencia, interesa al sujeto en su ser de goce. Se trata de un acto por medio del cual surge, en el sujeto analizante, el deseo del analista; lo que provoca un nuevo tipo de relación al inconsciente. Esta relación conduce, ya no hacia la creencia en sus formaciones, sino hacia una convicción de un resto de goce.

La discusión sobre la formalización que cada uno de los autores de este trabajo hizo sobre su recorrido en análisis, permitió verificar que un analizante –como sujeto cuestionado– tiende a instalar nuevas creencias –incluso teóricas– para sostener la homeóstasis del principio del placer. Es, a partir de este principio, que operan las psicoterapias. Este es el soporte tanto del discurso universitario como del histérico, los cuales en nombre de la creencia en un Amo –llámese autor, profesor, disciplina, o padre– conducen a un cierre del inconsciente.

Las quejas y demandas que nos condujeron al análisis personal se anudaban a un goce que pasaba por el padre hablado y por el saber del discurso universitario sobre el psicoanálisis. Todo sujeto construye un sentido fantasmático que mediatiza su relación al goce. Explorar este laberinto durante la experiencia de análisis, hace que pierdan su importancia los elementos garantes del goce fantasmático que expone al sujeto a grandes riesgos y estragos. Dos formas de saber se ponen en tensión, lo aprendido como creencia y lo desaprendido por aquello que ocurre en la propia experiencia de análisis.

Si el modo como se produce la transferencia está determinado por el fantasma, ¿cómo poder franquear entonces esta objeción transferencial que impide el acceso a un más allá del fantasma?, ¿cómo inscribirse en la relación al saber para enterarse de algo nuevo sobre lo real del síntoma?

La sorpresa propia de cada auténtico descubrimiento –sobre la posición de goce del sujeto– conseguido a través del análisis, provoca una de-construcción del saber como creencia y conduce a una des-regularización de la posición en la que se estaba instalado. Pero es la destitución subjetiva y el examen de lo real del síntoma, lo que atañe a la intervención del analista, porque con sus respuestas genera un proceso de abducción, de lectura de signos del goce que condensan lo real. Este es el tipo de intervención más propicio para acotar lo incurable, el resto consistente e irreductible.

III.- Las respuestas del analista

Sólo se alcanza la apertura de lo que está cifrado en el síntoma mediante una respuesta del analista, quien en el momento oportuno ha de molestar la creencia en el ideal o el acomodo a una identificación predominante, instalando en su lugar el deseo del analista como operador del trabajo del analizante. La respuesta requiere cálculo y tacto para sorprender, para no ir a malograr la emergencia del deseo encubierto y, principalmente, para acoger de forma anticipada al sujeto en su ser de goce.

Es allí donde la experiencia psicoanalítica le permite a un sujeto dudar de sus creencias sin colocar otras, en su lugar, que le den sentido; es decir, es el consentimiento del sin-sentido que emerge en la sorpresa, aquello que le mostrará una dimensión inédita de su inconsciente, pues ya no quedará reducido a ser un concepto garantizado por la doctrina, sino que, al ponerse en juego la propia división y el anonadamiento ante la traición de su propia palabra, quedarán dadas las condiciones para que el inconsciente, como respuesta de lo real, tenga un lugar en el sujeto. Este es un instante de ver que permite una relación al inconsciente a la manera de una convicción de su ex-sistencia.

La discusión sobre momentos de nuestros análisis evidenció un tiempo de comprender donde toma consistencia la dimensión de lo real de cada uno. En la trayectoria de nuestra formación ha habido puntos de desgarramiento subjetivo producidos por este real en juego, que remiten a efectos que transforman la falta en ser y que son enfrentados desde la particularidad del uno por uno.

Hay tiempos de torsión entre momentos de estancamiento o de obstáculo en los que se recubren esas desgarraduras a saltos epistemológicos, en los que se jalona la formación desde la invención a partir del propio real y no solamente desde la doctrina. Hay momentos en los que se pasa del taponamiento del no saber con remiendos imaginarios a momentos en los que el agujero aparece descarnado y expuesto. Hay momentos de paso desde el estancamiento en la construcción de trincheras que permiten acantonarse en la militancia de saberes conocidos y seguros al vértigo de no tener sostén en la creencia del saber ni seguridad en los ideales y en la identificación.

Las respuestas del analista apuntan al ser de goce, lo que permite vislumbrar las identificaciones irreductibles frente al mismo. Cuando se ha dado en el sujeto la caída de las identificaciones de sentido, en ese vacío cobra consistencia, de modo angustiante, su ser de goce. A esto le sucede un momento de concluir, correspondiente a un vaciamiento del sentido que tiene por consecuencia probable un nombre de goce como certeza.

Allí donde el deseo del analista entra a operar como respuesta a esa consistencia, y se desanuda el desencuentro y la objeción a un Otro que la transferencia oculta, el analizante consentirá a una experiencia particular de la situación analítica que Miller 3 plantea con el matema A/a, en la que el Otro se reduce a ser una letra, un objeto, un significante cualquiera.

IV.- Lo real en el acto del analista

La experiencia analítica pone en juego tanto lo real del analizante como lo real del analista. “Lo real tiende a anudarse”;4 ello no queda por fuera de las respuestas del analista. Éstas tienen su matiz particular de acuerdo con los efectos “de-formación” que el analista haya experimentado en su propio análisis respecto a ese real, presente para su subjetividad como resto pulsional. Si el analista no ha tenido noticia de su ex-sistencia y consistencia, empujará con él al acting-out, aparecerá como imperativo superyóico, o se acomodará en la transferencia volviéndola insoluble. Lo no analizado del analista y del analizante confluyen así en un punto problemático para que la cura pueda ser conducida hacia un final lógico.

Los efectos de-formación del analista tienen que ver con que el goce del analista no haga obstáculo al valor existencial del síntoma, y es así que puede operar como semblante y soportar el peso que implica sostener, hasta el final en el analizante, un deseo de saber que no esquive el ser de goce.

El deseo del analista no tiene un tiempo definido de antemano para hacer su emergencia en la cura, no tiene que esperar la transferencia para intervenir ni se deja hipnotizar por las formaciones del inconsciente. Está ahí, él es ahí, desde un momento inicial, pues existe como interpretación de aquello que se escucha del analista en la cura. El analista tendrá que despertarlo y hacerlo consistir para mantener abierto el examen sobre la influencia del Otro real, del Otro del goce sobre sí mismo.

La reducción al síntoma, como fin del acto analítico, es un punto en el que el psicoanálisis difiere de otras prácticas, como las psicoterapias. Ello en tanto el deseo del analista no se dirige a curar lo incurable; porque tiene un amable respeto por el examen del goce particular que el síntoma transporta; y porque no se detiene en los efectos que no tengan su punto de apoyo en el saber de la relación del ser con el goce. Es en esta convicción donde podemos fundar, en nuestra experiencia, la certeza del acto del analista.

Es, además, sobre el deseo del analista que es posible construir para sí un saber hacer, saber hacer relativo al resto pulsional que queda como saldo de la operación analítica. De la manera como se conjuguen ese saber hacer con el resto pulsional y el deseo del analista, depende la lectura que pueda hacer el analista de los signos del goce del analizante, y producir efectos en el acto analítico.
Dejar que opere el resto pulsional allí, sin que el deseo del analista esté llamado a intervenir, produce efectos de deformación que tienen sus consecuencias. Este fue el caso de Breuer quien retrocedió ante la pseudosiesis de Ana O. Ella, interpretando su deseo de ser padre, lo empuja a responder con el actig out de interrumpir la cura y hacerle un hijo a su mujer. Tenemos también el caso de Kriss, quien no reconoce el goce de plagiario de su analizante, sino que le da una respuesta a partir de la realidad. Kriss no cree en la dimensión real del síntoma, lo que provoca el acting out del paciente. Etc.

Concluimos que todo practicante del psicoanálisis debería estar en capacidad de dar cuenta de las razones de su acto a partir de un saber hacer con su resto pulsional. Esto le permitirá prestarse como semblante de objeto en condición de actuar en calidad de letra o de un significante cualquiera para que así emerjan los signos del goce de quien sea su analizante. Sea esta una posición demostrativa de: lo que concierne a la formación del analista está a nivel de los efectos del análisis como su causa.

1 Contribución de los miembros de la NEL-Medellín al III Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis sobre El efecto de formación en el psicoanálisis, Bruselas, 16-18 de julio del 2002. Este texto fue elaborado por Gustavo Arredondo, Hernando Bernal, Héctor Gallo, María Cristina Giraldo, Juan Fernando Pérez, Mario Elkin Ramírez, José Fernando Velásquez.

2 Lacan, Jacques. “Variantes de la cura-tipo”. En Ecrits. Seuil, París, 1966. pág. 329.

3 Miller, Jacques-Alain. “Extimidad”. Del curso La orientación lacaniana. Conferencia del 19 de Febrero de 1986.

4 Lacan, Jacques. Seminario RSI, (inédito). Lección del 10 de diciembre de 1974.

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